Versión de texto
La Burriquita
La Vera Cruz
El Silencio
El Ecce-Homo
La Cena
El Coronao
La Macarena
Ntro Padre Jesús
 

Carteles SEmana SAnta 2007 Virgen del Rosario www.semanasantajerezana.com Jerez de los Caballeros

 

 

 

www.semanasantajerezana.com Jerez de los Caballeros

     

Iconografía | Imágenes  

Vivencias

ALBERTO GONZÁLEZ MARCO. MARZO 88.

Son cerca de las diez de la noche del Martes Santo, negras figuras envueltas en negras túnicas y capirotes negros se acercan a San Miguel. Hay un revuelo de pasos y susurros dentro de la iglesia, se agolpan las negras figuras de los nazarenos, se reparten los cirios y las insignias entre ellos. Los encargados del orden y colocación de la procesión se agitan nerviosos de aquí para allá, es ya casi la hora y todavía falta gente (cada año lo mismo). Poco a poco van organizando las filas y dando las últimas órdenes. El “paso” se acerca a la puerta y apenas si nos queda sitio a los primeros entre él y la puerta.

De pronto se oye un golpe sordo en la puerta: avisa de que quedan cinco minutos para salir. Empiezan a encenderse los cirios y los cofrades bajan las caretas de sus capirotes; parece que no ha pasado el tiempo cuando dos nuevos golpes resuenan en la vieja puerta de madera, una ola de agitación contenida recorre las filas, los hermanos de paso se aprestan a levantarlo a la orden de su capataz, un viento imperceptible mueve las hojas del olivo. Tres golpes rompen el silencio que se ha ido haciendo dentro, se abre la puerta contagiada del silencio que derrama la soledad del Hombre que está de rodillas, delante del olivo, una soledad que es más sola que cualquier otra porque no es la material de estar y encontrarse solo, sino que es espiritual. El que es Dios ha querido ser sólo Hombre para ser entregado por todos los demás. Es la soledad del momento crucial y verdadero de la Pasión, la del abandono consciente de convertirse en víctima propiciatoria para salvarnos a todos los hombres.

Lentamente va saliendo el cortejo, la vieja cruz de guía de madera maciza y sin adornos apenas pesa entre mis manos, son ya muchos años llevándola, más de veinte años desde que cogí el relevo de mi amigo Félix.

Casi al momento la primera parada para que salga el paso y se pueda organizar la procesión. Se hace un silencio impresionante en la plaza, de pronto se oye un ruido extraño, un rechinido estremecedor que en el silencio de la noche pone los pelos de punta, son las cadenas de los penitentes que al rozar con las piedras de nuestras calles dejan escapar ese sonido de acompañamiento que nos va a recordar, durante todo el recorrido, que somos una cofradía de penitencia. No hay más sonido en la noche, de ahí el nombre de cofradía del “Silencio” con que también se nos conoce. Silencio y orden que se apodera de todos los que participamos, grandes y pequeños, mujeres y hombres, y que parece que se adquiere desde el mismo momento en que se pone uno la negra túnica ceñida por el áspero cincho de esparto.

Sigue la procesión, despacio, su camino por las calles del pueblo y antes de llegar a la plaza de los Mártires, como todos los años, en una parada me vuelvo. Es la única vez que veo la procesión en todo su recorrido. Miro las filas de nazarenos a la luz temblorosa de los cirios, el paso recortado a contraluz y, allá al final, resplandeciente como un sol la “Niña” con su cara de sonrisa entristecida por la suerte de su hijo.

Y me acuerdo entonces de los años pasados cuando éramos muy pocos, cuando estuvimos casi diez años sin poder salir. Y me lleno de orgullo al ver ahora como hemos aumentado, de cómo los mayores, algunos ya desaparecidos y otros que por ley de vida no se pueden vestir, siguen acompañándonos en sus hijos y nietos, que son la savia nueva que ha renovado a la Cofradía. Y también me acuerdo del esfuerzo de ese grupo de mujeres y hombres jóvenes que son tesón y amor a la cofradía logró que ésta surgiera otra vez, casi de la nada, para dar mayor realce a nuestra Semana Santa. Veo como el espíritu de silencio y recogimiento sigue siendo la norma, el orgullo y el adorno más precioso del desfile.

Poco a poco nos vamos acercando a San Miguel, el camino ha sido largo, la cruz se ha ido haciendo pesada, más por los recuerdos que se han ido acumulando a lo largo del recorrido que por ella misma. Ya sólo queda entrar y recoger y empezar a pensar de nuevo en el año que viene.


ANTONIO DE SALEZÁN. ABRIL 2006.

Salió entonces y se dirigió, como de costumbre, al Monte de los Olivos; pero lo siguieron también los discípulos.
Al llegar al sitio, les dijo:
“Pedid no ceder en la prueba”.
Él se arrancó de ellos, alejándose como un tiro de piedra, y se puso a orar de rodillas diciendo:
“Padre, si quieres apartar de mí este trago; sin embargo, que no se realice mi designio, sino el tuyo”.
Se le apareció un ángel del cielo, que lo animaba. Al entrarle la angustia, se puso a orar con más insistencia.
San Lucas, cap. 22, vers. 39-44

GETSEMANÍ

La noche es silenciosa y clara, en el huerto corre una leve brisa, la hierba es manto de color incierto y brillan las hojas de los olivos bañadas por una luna entera y alta.

Noche de un miedo en los apóstoles basado en la ignorancia de lo que va a pasar, y el miedo de Jesús… basado en la consciencia de lo que va a ocurrir.

Un trance irremediable, la elección de la propia muerte para darle sentido al resto de las vidas.

Noche mágica que marca el antes y el después.

JEREZ

Noche de martes de Abril. Negros nazarenos de esparto y de silencio, de oración y penitencia, aguardan nerviosos los golpes tras la Puerta del Perdón.

Encendido de cirios, orden, bajada de capirotes… y el murmullo de la plaza que llega hasta la iglesia.

Los tres golpes… puerta abierta al silencio impresionante que marca la presencia de la cruz de guía que Alberto trincó tantos años, como Jesús, hacia su calvario anual.

Antes hemos rezado en el Templo, al que, como todos los años, hemos llegado por el camino más corto, ocultos bajo el capirote y con voto de profundo silencio.

Ángela, mi hija de diez años, de mi mano por la calle de los Templarios, revive en mí el pasado de muchos cofrades del Huerto, que de una mano grande no entendíamos esto del todo y los sentíamos totalmente, sin saber por qué.

Noche de cera en la Puerta de Burgos. Atrás hemos dejado a toda una gente que, contagiada de silencio, vuelve otro año a entender de nuevo nuestra especial forma de vivir la Semana Santa.

La campana del orden procesional es lo único que rompe el profundo silencio del Llano de los Mártires, en donde un año más, será el mismo lugar donde Alberto, como su padre, nos abre el Vía Crucis y le veremos girarse para ver completa la línea negra de rosario y esparto, Huerto de Jesús y Ángel, Virgen “Niña” y Madre.

En una Corredera de regresos forzados no pesa el cirio más que el lamentable fin de nuestra ruta con olor a esparto, entre piedras templarias.

Calle Abajo, una leve música de cámara nos recuerda que Jesús pronto será prendido, que este inicio relevante de Pasión va terminando.

Y entramos de nuevo en la plaza, costaleros de fe a la sombra del árbol, en esta noche clara y silenciosa, donde, como en aquella noche eterna, corre una leve brisa, brillan también las hojas del olivo del Paso… y Jerez es un Huerto.


Versión imprimible